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Ediciones de la Ceniza

escritura

Venganza inesperada (corresponde al 20/5/2013)

 

La ocasión la pintan calva y si no quieres sopa toma dos tazas quizás podrían explicar lo que me ocurrió. Siempre se habían metido conmigo por cosas tontas. Debido a que ellos eran más y más corpulentos no gastaba el tiempo en romperme la cara contra sus nudillos. Formaban una banda que se encargaba de ofrecer sus servicios de seguridad a los comerciantes de la zona, traficaban con droga, armas, mujeres y casi cualquier cosa ilegal. El grupo está compuesto por siete tíos a cual más musculoso. Su jefe es un tipo delgado y feo llamado Mateo. Tienen su sede en un bar llamado Magali. Suelen frecuentar un pub llamado Napoleón que es donde yo me los encuentro y ellos se meten conmigo. No desisto en seguir visitando el pub porque la mayoría de mis amigos también van allí y porque voy detrás de una camarera a la que estoy a punto de camelarla. Mis amigos me han dicho y alentado para que cambiemos de pub pero yo no me arredro tan fácilmente. Yo nunca les he hecho nada no sé porque la tienen tomada conmigo. El día en cuestión empezó como otro cualquiera. Llegamos y entramos en la terraza interior. Fui a pedir la primera y de paso a soltarle alguna gracieta a la camarera a ver si me seguía el juego. La hice reír. Cuando me sirvió volví con la ronda a la mesa que habían pilado mis amigos. No hicimos nada especial. Los matones no habían llegado aún. Después de otra ronda más entramos al interior. Pedimos una tercera, como conocíamos al pinchadiscos que estaba esa noche nos colocamos al lado de la cabina. Al rato entraron los matones con cara de malas pulgas. Yo no los vi venir pero si que los noté pues cuando llegaron a mi lado me golpearon descuidadamente tirándome el vaso. Yo me volví increpándoles antes saber quién había sido. Uno me dio un golpe que hizo trastabillar y caer de bruces. Antes de que me diera tiempo a levantarme uno de los gorilas del local me recogió y me sacó a la calle. Me dijo que no querían problemas así que por hoy había acabado la velada en el pub. Mis amigos salieron y se quejaron pero como la cosa no iba con ellos les dije que volvieran a entrar y se divirtieran, yo me iba a mi casa que mañana tenía que jugar al pádel temprano. Tenían tan atemorizados al personal que osaban dejarse los coches abiertos como signo de poder ya que nadie se atrevería a robárselos. El alcohol me daba valor como a todos los cobardes o precavidos y cuando sus coches a la vuelta de la esquina fuera de la vista de todo el mundo se me ocurrió un maldad, dejarles un paquete que solo yo podría dejarles. Entonces vi las llaves puestas en espectacular Mercedes CLS. Y cambié de opinión.

 

Moros y Cristianos (2ª parte)

Al principio hubo confusión e incertidumbre. Nadie sabía que hacer. Nos quedábamos en casa al resguardo, nos encargábamos de eliminar a los errantes. Alguien montó en un coche un altavoz, recorriendo toda la localidad propuso que quien quisiera participar en la reconquista de la ciudad que se acercara teniendo todas las precauciones posibles a la plaza de la lonja. Era una buena idea por que tenía solo tres entradas / salidas que se podían cerrar para que no entraran los errantes fácilmente. Hablé con amigos e integrantes de la escuadra a que pertenecía. Al final decidimos acercarnos una pequeña representación para ver que era lo que se cocinaba. Pasó por nosotros uno de los amigos que tenía una furgoneta para trabajar en el campo y que había reforzado las ventanillas delanteras, que eran las únicas de cristal, con una parrilla metálica. Nos dijeron que entráramos por una calle determinada. Cuando llegamos habían apostado primeramente una furgoneta grande cerrando la calle y después había también un portón antes de la entrada definitiva a la plaza. Un grupo de paisanos, apadrinados por los dos únicos policías que quedaban eran los organizadores de esta resistencia anti errantes. Pertenecían a todo tipo de segmentos de la vida económica y social de la localidad. Desde políticos, a carpinteros, albañiles, agricultores o administrativos hasta un número de quince. Y desde gente que había sido muy participativa en la vida social del municipio a otros que no. Contaron estaban en contacto con el gobierno de la nación. Nos habían dado permiso para tomar las medidas necesarias para acabar con los errantes. El gobierno estaba preparando un plan de contingencia pero no sabían cuando estaría dispuesto para su ejecución. Los organizadores de la reunión, que se hacían llamar Los Sustitutos, propusieron crear un grupo de eliminación y limpieza para actuar contra los errantes hasta que el gobierno tomara cartas en el asunto. Aquel que se uniera a ese grupo lo hacía bajo su responsabilidad y asumiendo los peligros que conllevaba. Dependiendo de la gente que se sumara a la iniciativa se harían uno o varios grupos. Además habría que propagar la proposición al resto del municipio ya que en la plaza nos encontrábamos un diez por ciento del total de la población. Si había varios grupos se dividirían entre los encargados de eliminar y los encomendados a recoger y quemar a los errantes eliminados. También dejaron opción a aquel que quisiera unirse a los sustitutos. Tras algunas aclaraciones terminó la reunión quedando para dentro de dos días.

Emboscada (3ª parte)

Ahora nos disponíamos a acometer el tercer golpe, quizás el más audaz y el que le haría enfurecer con mayor virulencia. El robo del coche no era un simple robo para cabrear al Jefe sino más bien la primera parte de un plan a más largo plazo. Si todo salía bien lograría hacer tambalear los pilares de confianza sobre los que se erguía el hasta ahora todo poderoso Jefe. De todas maneras aún me mostraría como impulsor de la lección que le estaba dando. No por miedo, sino por poder trabajar con mayor libertad y que no mande sobre mí a todos sus esbirros. Este tercer golpe era más delicado. La coreografía debía ser perfecta para que no hubiera problemas a la hora de ejecutar el plan. Como en los anteriores golpes necesitaría la colaboración de mis amigos. Todos se habían confabulado conmigo para darle un escarmiento al Jefe. Me vestí como se visten los chóferes que trabajan para el Jefe. Traje de chaqueta negro con camisa blanca. Gafas de sol de aviador y semblante serio, cabreado. Uno de mis amigos se había apostado en la terraza de una cafetería esperando a que llegara el paquete a recoger.  En cuanto entrara al cine daría la señal al resto participantes para que se iniciase el plan. Otro de mis amigos ya debería estar en el interior.

La chica llegó con un amigo en un coche parecido al que habíamos robado, parecía nuevo  además de ser un modelo mejor. Entonces el colega que estaba en la terraza mandó un sms al resto de colegas, que quien lo leyera sería inocuo, indicando que empezaba la fiesta. Cuando el coche se marchó  un colega lo siguió en moto. Se fue a un parking de pago que había tres calles más abajo y se quedó en el interior esperando hasta la hora de recogida de la chica. Entonces me dio un toque a mi para que yo entrara en acción. Con tiempo habíamos aparcado un coche de las mismas dimensiones en la puerta del cine. Otro colega esperaba para cuando yo llegara aparcar el que yo conducía en ese lugar. Una vez todo dispuesto, fui yo el que mandé el sms al colega que se hallaba en el interior del cine. Entró en la misma sala y hecho una bomba casera sin que nadie se diera cuenta en una papelera. La bomba era simplemente agua fuerte con papel de aluminio en una botella de litro de refresco de cola.  A los pocos segundos una gran explosión sacudió la sala, nos hicieron desalojar a todos. La chica que como habíamos previsto había sido advertida salió corriendo al hall de entrada. Llamó por móvil al conductor. Cuando se asomó para ver el exterior de la calle me vio a mi abriéndole la puerta de un coche muy parecido al que le había traído y confiadamente entró. Antes de que el otro coche llegara yo había desaparecido.

Oritum 4ª parte

Salí corriendo sin pensarlo con la espada de sangre en la mano. Les pregunté que buscaban. Me respondieron que tan solo querían algo que llevarse a la boca, luego nos dejarían en paz. Le dije al maese curtidor que sacara un par de jamones, cecina y embutidos de cerdo. Nunca había tenido empuñada la espada de sangre hasta ahora en un conflicto. No pesaba tanto como pensaba, es verdad que no era precisamente manejable. La espada que había acogido su mano era más liviana, estaba perfectamente equilibrada y su acero no parecía quebradizo como el de la espada de sangre. Como habíamos ensayado antes de iniciar este viaje, cuando tuviéramos un asedio cogerían las armas que habíamos adquirido antes de partir. Las mujeres y los niños se encerrarían en los carromatos. Pondrían el freno a los carromatos. Y rodearían los carromatos en posición de ataque. Tres de los más jóvenes que había adiestrado especialmente me cubrirían las espaldas. Luego intentaríamos atajar la escaramuza de la mejor forma posible. Que se pudiera evitar la lucha era la mejor victoria y siempre sería la primera opción. Aunque para ello tuviéramos que ceder en algo o en mucho, claro está que esa cesión no fuese desproporcionada. Se les dejó a medio camino entre ellos y nosotros la comida. Yo no creía que vendieran tan barata su rendición. Cuando tuvieron en su posesión la comida, sonrieron de forma maliciosa. El jefe de la banda continuó con sus peticiones ahora querían aquello que se lleva a la boca para comprobar su fiabilidad, oro. Querían las ganancias de la última aldea que por lo que habían visto habían sido considerables. Entonces yo le respondí, una cosa era dar de comer al hambriento aunque no lo mereciera pero otra muy diferente era el latrocinio. Nos daba una hora para decidirnos, yo acorté el tiempo. Les respondí que no accedíamos a sus pretensiones monetarias. Atacaron sin pensarlo, sin que el capitoste hiciera ninguna señal. Inutilicé al primero de un certero golpe. Pero mi objetivo principal era el jefe si lo apresaba podía acabar con la pelea. De un golpe aparté al siguiente que me atacó.  Sorteé al tercero y antes de que se diera cuenta tenía al jefe bajo el yugo de mi espada. Grité con todas mis fuerzas. Si desistían y se marchaban su jefe no moriría y si continuaban todos conocerían el filo de la espalda de un ex miliciano del reino. Ante la verdad con que sonaban mis palabras y el hecho de que no habían podido menguar nuestro escaso destacamento a la orden de su capitoste dieron media vuelta y se marcharon. Cuando desaparecieron solté a su jefe.

Números

Empecé la disertación con la esperanza de llegar el tema a buen término. Les había entregado un sobre a los cuatro cuando llegaron. Era un número aleatorio, ese el nombre por el cual nos conoceríamos. Yo era el número veinticinco. Adrián era el treinta y dos. Iñigo tenía el tres. A Jerónimo le había tocado el setenta y cuatro. Y por último Lía se llamaba quince. Les expuse mis ideas sin ambages. Todos necesitábamos urgentemente dinero y no teníamos nada en el horizonte que nos pudiera sacar del atolladero. Todos éramos del gremio y sabíamos que si nos metíamos donde yo les proponía teníamos que  asumir las consecuencias. Todos asintieron. Veinticinco preguntó cuál era el plan. Había estudiado varias posibilidades y la que consideraba más factible era el secuestro. Tenía a la victima perfecta. Era el hijo del dueño de una de las inmobiliarias más importantes de la ciudad. Por un intangible había recibido cierta información verídica de que este tipo tenía en la caja fuerte de su casa cinco millones de euros. Y apenas si tenía algún de seguridad sobre su hijo. Viendo otros casos el problema de los secuestros por lo menos bajo mi punto de vista era el hecho de siempre que un rastro que seguir. La manera de recibir el rescate siempre conllevaba muchos problemas. Evidentemente no valía la pena siquiera en pensar en el pago mediante banca electrónica. El pago en efectivo era mejor si se sabía desaparecer rápidamente. Mi idea era encargar el secuestro a alguna banda de pringaillos con una mínima experiencia y sin fichar por la policía. De eso se tenía que encargar setenta y cuatro. Yo los abordaría y les pondría la zanahoria delante del hocico. Ya buscaría algún disfraz para que no me reconocieran. El plan lo confeccionaríamos nosotros enteramente. He intentaría que fuera tan perfecto que fuera irrechazable e irremplazable. El truco sería que cuando ellos recogieran el rescate nosotros intervendríamos interceptándolos y quitándoles el dinero. Luego desapareceríamos sin dejar pistas así ellos cargarían con el marrón. Y nadie sabría de nuestra intervención en el secuestro. Les daría una forma de escape pero intentando ser lo suficientemente convincentes para que no nos buscaran. Siguiendo ellos al dedillo nuestro plan y no fallando en nada creo que podría ser un buen negocio. Ahora solo había que solventar todos los detalles que hay asegurar al milímetro para que todo saliera rodado.

Minuciosidad (corresponde al día 15/5/2013)

-Hola, hoy te lo vas a pasar bien.- me dice Galo con una sonrisa malévola en la cara.- Te dije que dejaras en paz a mi chica o lo lamentarías. Pues ha llegado el momento de lamentarlo.

-Tío, la que tu llamas tu chica te había dicho cuarenta veces que no quería ni verte y tu dándole brasa sin parar yo solo quería que la dejaras tranquila el resto llegó sin querer.-le dije pensando en lo que podría haberme hecho este cabrón.

-Lo que quieras, pero ahí va la putada tienes tres quilos de coca que le he robado al Po en el maletero de tu coche y me he chivado a la poli dándole todos los detalles. ¿Haber ahora como te libras del marrón? Mamonazo.

Como sabía lo chungo que era ni siquiera decidí darle replica, salí corriendo. Abrí el maletero con el mando a distancia. Rebusqué un poco pero no encontré nada. Abrí la puerta del conductor y miré en el interior del coche, tampoco nada. No quería estar más tiempo a la vista de todo el mundo, tenía que ir a un sitio donde pudiera inspeccionar el coche sin que pudiera encontrarme la poli y después deshacerme de la droga. Cogiendo calles poco céntricas y con menor tráfico conduje mientras llamaba a algunos amigos que tuvieran un lugar donde esconder el coche. Ninguno se atrevió. En que lugar podría estar tranquilo mientras revisaba cada palmo del coche. Quizás algún parking grande donde encontrara  una plaza donde no hubiera mucho trasiego. Pero el lugar que buscara tendría que ser cuanto antes para evitar que me pillara la poli. Cerca había un parking subterráneo de cuatro sótanos. Entré y baje directamente al último. Como tenía por lo menos una década de antigüedad no estaba lleno de cámaras como los actuales. Di una vuelta antes de aparcar el coche dejándolo en una plaza que consideraba estaba en un ángulo muerto.  Aunque me vieran entrar y quedara constancia de ello por lo menos no me verían inspeccionado el coche. No es una conducta muy normal además podrían llamarme la atención. Empecé primero por el maletero estaba vez la búsqueda fue mas concienzuda. Nada. Continué con el motor. Nada. Después revisé los bajos. Nada. Solo me quedaba el interior. Milímetro a milímetro lo examiné pero no apareció nada. ¿Me habría gastado una broma? No lo creía no era un tipo que se andaba con bromas sobre todo después de la afrenta sufrida. Debía ser más minucioso.

Intrincado (corresponde al día 14/5/2013)

La reina Roberta estaba llevando al reino de manera impulsiva y caprichosa. Debía tener más  importancia a la hora de las decisiones. Me debían escuchar cuando menos. Hay día de hoy no solo no tenía voto sino que ni siquiera tenía voz en el consejo real. El padre de la reina me había nombrado su sustituto como comisionado del reino cuando el faltara. Tras su muerte hacía apenas unos menos había tomado posesión de su cargo. Sin embargo había quedado esquinado en todas las decisiones. Cansado le había dado un ultimátum a la reina para que me valorara como lo hacía su padre o me sustituyera. Sabía que su padre no daba puntada sin hilo, sabía que si me quería que lo sustituyera era porque valoraba mi valía. Así que decidió darme una oportunidad. Pero estaba claro que por mucho que yo pudiera influir en sus decisiones una niñata antojadiza como ella siempre podría cambiar en cualquier momento y echarlo todo a perder. El reino no estaba para tomar medidas arbitrarias sin un fin, tomadas sosegadamente recapacitando sobre cada paso. Debía posicionar más gente de mi confianza en puestos importantes para torpedear y manipular las decisiones por el bien del reino. Roberta reinará pero yo debo gobernar. Quedé con uno de los primeros hombres que intentaría infiltrar entre los acólitos de la reina. Era un viejo amigo en el que confiaba aunque no teníamos una relación muy continuada. Era monedero del castillo de Monteaguila ahora quería situarlo como uno de los tres secretarios del  monedero real. Acaban de cesar a uno de ellos por malversación de fondos. En breve podría haber cambios y quería tenar a alguien preparado para ver si lo podía colocar en uno de los puestos más importantes. Quedamos en una de las más infaustas tabernas. Fuimos vestidos con ropajes muy diferentes a los que llevábamos normalmente. Pedimos una mesa alejada de oídos curiosos. Me preguntó porque esas medidas para encontrarse. No di rodeos y trate el tema directamente. Sabía que además de un buen amigo era un buen patriota. Como la mayoría de habitantes del reino sabía de la inexperiencia, de las decisiones equivocas que estaba tomando la reina. De un modo u otro había que involucrarse aunque en el futuro seamos denostados por prácticas moralmente ilícitas. Le expliqué cuál era mi plan y como quería llevarlo a cabo. No sería un plan para llevarlo a cabo en un breve período de tiempo sino que sería una incursión lenta y progresiva.

Lucidez (corresponde al día 13/5/2013)

¿Cómo podría romper la rutina de esta calle?. Todo es un ciclo imparable, inexorable. Llevo tres años viviendo aquí y en todo ese tiempo solo ha cambiado la rutina diaria algunos días festivos el resto del tiempo es todo igual. De buena mañana abren el bar, el quiosco y la tienda de ultramarinos. A esa misma hora los trabajadores que van al trabajo más temprano van al bar a tomar el desayuno algunos se van directamente. Después aparecen los que entran a trabajar más tarde. Una hora después salen los niños con sus mamás al colegio. Los jubilados salen también a esa hora en busca del sol en invierno y la sombra en verano. Cada cierta periodicidad aparecen butaneros, repartidor de bebidos y otras para abastecer al bar, etc. A media mañana llena el bar los trabajadores de fábrica de zapatos. A las doce vuelven los niños y juegan en el pequeño parque que hay hasta las dos cuando el trasiego de idas y venidas se acentúa. El trasiego termina a las tres y media cuando todos los trabajadores y niños han vuelto sus trabajos y colegios respectivamente. A las cinco vuelven los niños del colegio. A partir de las seis de la tarde comienzan  a volver los trabajadores escalonadamente. Durante todo el día los jubilados tienen sus horarios para ir al bar a tomar su cafelito, su aguardiente y jugar su dominó y su tute. Los niños bajan a jugar al parque tras dejar sus cosas del cole y no retornan a su casa hasta que no se ha ido el sol. Los trabajadores más tardíos llegan sobre las nueve y los que han pasado a tomar una copa antes de regresar a casa sobre las diez. Cuando hay partido de champions o de liga el cierra más tarde de lo normal que es a las diez y media, entre semana. Los viernes algunos vecinos suelen bajar a tomar algo como bienvenida al fin de semana, entonces el bar cierra poco más tarde las doce. Los sábados aproximadamente la mitad de la vecindad trabaja por la mañana. Los que normalmente dedican esa mañana a las compras semanales en las grandes superficies comerciales. Se van a las diez de la mañana y la mayoría vuelve a las dos. Siempre hay un diez por ciento no el mismo, que pasa todo el día en el centro de la ciudad. Muchos  niños se pasan la mañana jugando en el parque.  Por la tarde los niños bajan después de las cinco a seguir jugando en el parque y los padres a ver la jornada futbolística en el bar. Los solteros suelen ir al cine o ver algún espectáculo. Por la noche suele algo de trasiego sobre todo de solteros y parejas sin hijos que salen de fiesta.  Los domingos los que no han salido de fiesta bajan a leer el periódico y a tomar algo en el bar mientras los niños van a misa y después se dedican a jugar en el parque. La tarde del domingo es parecida a la del sábado con menor tráfico. Así ha sido por lo menos durante los tres que vivo aquí ¿Cómo podría romper yo esa rutina?

No pienso lo hago, voy hacia la chica que siempre me mira y con la que nunca hablo. Me paro ante ella y le pido matrimonio…

Peculiar

Es un tipo peculiar, por todo lo que le rodea y hace. Vive en una caravana en lo alto de una terraza en la parte vieja de la ciudad. Nadie sabía como había aparecido allí pero resultaba pintoresco y mucha gente iba allí solo para verlo. Era una de las grandes. La historia básicamente se reduce a que ayudó a un tipo que fabricaba caravanas y autocaravanas. Como pago le regaló una quizá el mejor modelo que tenían y como él no tiene carnet de conducir ni coche se la quedó. Lo de ponerla allí arriba fue porque no le gustaba donde vivía. Hizo un trueque cambió su planta baja por la terraza y allí colocó la caravana. Además se hizo un jardín puso en un extremo de la terraza la caravana y llenó el otro de tierra donde plantó césped, un par de naranjos y un pino. El pino era porque le gustaba dormir la siesta al aire libre pero para no recibir el sol directamente lo plantó. Vestía siempre igual bueno tenía un uniforme para el calor y otro para el frío. Para el calor llevaba camiseta de color rojo con rayas horizontales, pantalones de lino de color gris, sandalias de cuero marrón oscuro y boina negra. Para el frío llevaba jersey de lana rojo, pantalones de pana granate, trenca de paño color marrón, zapatillas Kelme Villacampa verde y boina clásica  negra. Iba siempre acompañado de una bandolera de la que podía extraer cualquier cosa. La gente pensaba que era alcohólico porque siempre llevaba consigo una petaca, realmente la petaca contenía aceite de oliva que utilizaba como protector de estómago aunque no padeciera ninguna dolencia que requiriera esas prevenciones. Otra de sus peculiaridades es que siempre pagaba con monedas. Decía cuando le pregunta sobre esta costumbre que era porque era alérgico a la celulosa. Realmente los billetes están hechos de un papel con fibra de algodón. Solís llevar monedas de veinte euros que no solían ser de curso regular pero que existen normalmente de tipo conmemorativo. Nadie sabía exactamente a que se dedicaba unos pensaban que era contable de algún oscuro negocio, otros camello, otros que regentaba un burdel sadomasoquista y hay quién decía que era usurero. Realmente se dedicaba a escuchar, aconsejar y en muy contadas ocasiones a conseguir tratos u objetos imposibles. Se trasladaba por la ciudad en un monopatín que llevaba a la espalda cuando iba montado en él cogido por una cinta de una bolsa de deportes.

 

Oritum 3ª parte (corresponde al día 10/5/2013)

En la aldea estuvimos un par de días. Ya no pude recabar más información sobre la espada. No hubo problemas que necesitaran de mi intervención. Recogimos y continuamos camino. Yo seguía dándole vueltas a lo poco que sabía. Alguien me había dicho anteriormente que todas las espadas tenían un nombre y que había un libro donde se llevaba registro de sus portadores y sus hazañas. Ese libro se encontraba guardado supuestamente en la biblioteca del palacio real en la capital del reino. La próxima vez pasáramos por allí intentaría que me dejaran echarle un vistazo. Lo complicado era encontrar a un taumaturgo de la escuela de Darío. Se habían oído rumores de todo tipo sobre sus ubicaciones a lo largo del reino. O por lo menos esas eran las historias que contaban las historias de los buhoneros que pasaban por su pueblo y que además de traer utensilios de cocina, ropa o remedios medicinales entretenían a la gente con los cuentos del camino. Como pertrechos además de la espada de sangre tenía también una espada de acero, un escudo de madera de roble forrado de cuero y tachonado de latón, una lanza de álamo, un arco y un carcaj con veinte flechas. Estábamos pasando por bosque, yo llevaba un carromato mientras el titular estaba en otro hablando del balance de ventas que habían conseguido en la aldea. La caravana estaba compuesta por cinco carromatos, yo solía ir en una mula acompañando al primer carromato. En este momento me encontraba en medio de la caravana y tenía a la mula atada al carro. Íbamos por un camino estrecho, el bosque no era muy frondoso pero sería complicadísimo ir campo a través. A un centenar de metros por delante de nosotros, tras la última curva que habíamos tomado había un árbol que nos impedía el paso. Paramos y yo me acerqué junto con los dos jerifaltes de la caravana haber que podíamos hacer para sortear el árbol y continuar camino. El árbol era grande y parecía que había sido movido a propósito hasta allí para impedir el paso. Si desenganchábamos un par de caballos posiblemente lo moveríamos. Yo llevaba la espada porque a la luz de las nuevas informaciones y quería estudiarla más detenidamente, si esto era posible después de tantos años. Cuando nos disponíamos a volver para traer a las bestias que quitaran el árbol unos embozados aparecieron en la parte de atrás de la caravana, serían no más de una decena…

continuará... 

Radio de acción (corresponde al día 9/5/2013)

 

En la calle hacía un frío de mil demonios y eran las once de la mañana. El clan estaba reunido como casi siempre en Tasca Babieca. Casi se podía decir que era su sede social. De donde partían todas sus aventuras era de allí. Estaban tomando un café con leche mientras hablaban que les depararía el sábado que comenzaba y cuáles eran sus planes. Por la noche había un concierto de Love of Lesbian en la sala Vinilo y tenían entradas hasta había muchas horas de perder. Estaban hablando de ir al centro de la ciudad y pasarse por algunas librerías. A las cinco de la tarde en la filmoteca ponían Nosferatu, era otra opción muy apetecible. Úrsula quería pasar por tienda de segunda mano para buscar una máquina de escribir, cada cierto tiempo pasaba a ver si les había entrado alguna pero hasta el momento su búsqueda había sido vana. Entonces llegó Estela corriendo. Estela era una chica para todo de una emisora de radio local. Habían pedido que les dieran una hora para hacer un programa donde hablarían de todo lo que a ellos les gustaba. Baloncesto, cine, música, libros, vinos, cafés y lo que se les ocurriera. Tenían que pagar cien euros al mes pero ellos no tenían ese dinero. Sin embargo llegaron aún acuerdo cuando les fallara algún programa puntualmente les avisarían hacer la sustitución. Así que de vez en cuando emitían su programa-guadiana Yo no me llamo Valentín. El nombre se lo puso Tina, como no quería pelearse le dieron a ella esa potestad y los demás no dijeron nada. Habían pensado en hacer un podcast de periodicidad mensul pero no tenían los medios para ello así que se conformaron con quitarse el gusanillo cuando los llamaran de radio Filiberto. A veces preparaban la escaleta para algún programa pero luego tardaban tanto tiempo en llamarlos que utilizaban otros temas. Estela les dijo que tenían la hora de ocho a nueve si la querían ellos accedieron sin pensarlo. Laia sacó un cuaderno y empezaron a formar la escaleta de temas a tratar. Úrsula quería hablar de un vino que había probado la semana pasada que le había gustado mucho y además no era muy caro. No había secciones definidas así que en la mayoría de programas se las inventaban. Simón quería hablar del libro Viaje a la Alcarria. Tina propuso hacer un balance de las nuevas series y cual recomendaría cada uno. Laia dijo que hablaría sobre la configuración de los playoffs de la ACB. Y Guido hablaría de la película El Crack. Después de comer se pasarían por la biblioteca para documentarse.

 

 

Inspiración (corresponde al día 8/5/2013)

La maquina de escribir sonaba sin cesar. Volvía a estar en forma. Tecleaba sin parar como las otras veces, una vez encontrada una veta no paraba hasta esquilmarla. En esta ocasión se trataba de un texto de ciencia ficción. Había consumido tres cafés y se sentía despejado. La Olivetti que había comprado hacía cuatro años había sido con mucho su mejor inversión. En aquel entonces solo le quedaban cien euros. Fue a una casa de empeño a haber si podía sacar algo de dinero por una vieja figurilla que le había regalado su madre y de la que siempre se jactaba valía cara. Varias personas formaban la cola de empeños. Tomó la vez pero dejó la cola para curiosear entre los objetos que poblaban la casa. Los había de todo tipo más grandes y más pequeños, viejos y nuevos, caros y baratos, usados y casi nuevos, limpios y sucios. Sin tocar nada estuvo pululando de un objeto otro. Hasta que encima de una mesita auxiliar vio una maquina de escribir polvorienta. Enseguida se sintió atraída por ella, no sabía porque pero algo le decía que aquella maquina de escribir le podría ayudar en su infausta intención de ser escritor. Buscó el precio ochenta euros. Si la compraba apenas le quedarían veinte euros para pasar el mes que acababa de empezar. Se decidió en tan siquiera unos segundos de sopesar el riesgo. La cogió y se la llevó al mostrador. Junto con la maquina le regalaron la funda de plástico. Había quedado tan absorto y prendado por la maquina y que había olvidado  de la figurilla que llevaba en la mochila para empeñar. A lo mejor había sido la figurilla quien le había traído suerte tan su próxima salida de la familia. Al día siguiente recibió un encargo de realizar un relato para la contraportada de una revista literaria. No cobró nada por el pero parecía que anunciaba un nuevo comienzo. Le podría servir, cuanto menos de lanzadera para darse a conocer. Solo tenía dos días para entregar el relato. Pasó la noche en vela para terminar el relato lo antes posible. Además tenía una entrevista de trabajo para un restaurante de comida rápida al día siguiente a primera hora y después de comer tenía que asistir a un curso de escritura creativa. Después de ese relato llegó otro remunerado. Después un relato más largo para una antología de jóvenes escritores. Entre unas cosas y otras iba escribiendo su propio libro. Siguieron más relatos, columnas o artículos en todo tipo de revistas y periódicos.

De repente alguien llamó a la puerta con golpes. El abrió intrigado pues no esperaba a nadie. Una señora con rulos en la cabeza.

- ¿Oiga joven no podría teclear más flojo?, es que no deja dormir a mi marido.

Oritum 2ª parte

Llegamos a una pequeña aldea. Yo no iba vestido como soldado ni llevaba a la vista la espada. Simulaba que era uno más de los comerciantes o de sus lacayos. Ayudé a descargar el género y a montar los puestos. Estuve un rato apoyado en un carromato observando a la gente por si hubiera alguien peligroso. Una vez comprobado que la situación era normal y no había ningún peligro, los dejé y dí una vuelta por la aldea. Metí la espada de sangre en un saco para no llevar a equivoco.  La aldea era apenas un centenar de casa de piedra arracimadas en la ladera de un monte. No esperaba encontrar a nadie que pudiera ayudarme pero decidí probar suerte. Había una bruja que no estaba en ese momento en su casa porque había salido a recolectar unas hierbas. La aldea tenia además herrero. Me dirigí a él sin muchas esperanzas. Por lo menos podría quitarle la herrumbre que la cubría. La hoja estaba cubierta por una capa verde como de moho. Él había intentado limpiar restregándola con estropajo de esparto, poniéndola al rojo vivo. Todo había resultado infructuoso. A lo mejor un profesional sabía como ponerla a punto incluso podría sacarle filo. Siempre el filo había sido romo. Se estaba cansando de esperar a encontrar quien le ayudara y a lo mejor había que hacerlo como se había hecho toda la vida. El herrero si estaba en su herrería. Le dije que tenía algo que mostrarle, haber si podía ayudarme. Me dijo que haría lo que pudiera. Le enseñé la espada. Me dijo que hacia mucho tiempo que no veía una, se llamaba Oritum. Era una espada de sangre y no había manera de forjarla porque no sabía de que tipo de metal estaba fabricada. Me ofreció mucho dinero por comprarla incluso hubo un momento en que pensé que tendría que pelearme con él para que me la devolviera. Le pregunté si podría informarme de algo más. Me dijo que según cuentan las leyendas de antaño para “activarla” habría que realizar un ritual que conocían muy pocos. Tendría que buscar a un taumaturgo de la escuela de Darío. Le pregunté si conocía alguno. Me dijo que quedaban muy pocos y no se sabían donde vivían. Fueron muy poderosos en otras épocas pero después del gran concilio se les puso en busca y captura. Ellos desaparecieron, se desperdigaron por todo el país. Algunos siguieron practicando su magia en secreto ayudando a la gente. Por fin tenía una pista.

continuará...

Un buen lunes

El lunes empezaba bien había programa nuevo de mi podcast favorito de series. Lo cargué en mi reproductor de mp3 y lo metí en la bandolera. Me puse la trenca de paño marrón, cogí la bandolera y salí a por “aventuras”. Me dirigí a mi “oficina”, la cafetería “El Arriero”. Me senté en mi mesa de siempre y me pedí el desayuno de siempre café y una tostada de atún con tomate. Mientras esperaba saqué el reproductor de mp3 y me puse a escuchar el podcast. Del interior de la bandolera también extraje mi usado y ajado edición de Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela. Busqué entre todas mi anotaciones por si tenía algo pendiente. Algo me había pasado con ese libro porque no podía dejarlo, además de leerlo lo utilizaba como cuaderno para anotar recomendaciones. En la tele estaban repitiendo un partido de baloncesto. Paré el podcast y me dediqué a ver el partido. Como no me visitaba nadie, cuando terminó el partido de baloncesto seguí oyendo el podcast. Anoté en el libro un par de series nuevas que habían recomendado. A media mañana vino uno de los habituales. Me dijo que tenía algo para mí. Una señora mayor vendía un sobrante de libros que no quería. Por unos doscientos euros nos vendería unos cuatrocientos libros de todo tipo de géneros y formatos. Le di la propina de rigor. Yo me dedicaba a  comprar libros de segunda mano para venderlos luego en una librería que tenía en la zona vieja de la ciudad. Le pregunté si había podido echarle un vistazo a los libros, me dijo que no. Pero que teníamos que darnos prisa pues nuestro mayor contrincante también quería esos libros. Nos ganábamos bien la vida con este negocio, sin llegar a volvernos ricos. Me conocían en toda la ciudad y cuando alguien quería vender sus libros siempre acudían a mí. Yo intentaba ofrecer un precio justo pero a veces los precios se inflaban si aparecía alguien que pujara indiscriminadamente. Cogí mi motocarro, normalmente mis compras no eran muy voluminosas y con un pequeño motocarro me sobraba y me ayudaba además a la hora de circular por una gran ciudad como en la que vivía.  Me dirigí a la librería, donde tenía el motocarro. Tenía una socia que se encargaba de la librería mientras yo me dedicaba de las compras, transporte y restauración de las adquisiciones. Desde el principio habíamos decidido diferenciar, una parte de la otra para evitar interferencias. Yo solía ir a la cafetería tres días por semana y el resto lo pasaba en la librería haciendo los trabajos de restauración y catalogación. Ella se dedicaba a colocarlos en la tienda. Se lo conté a mi socia y me dirigí a la trastienda donde teníamos alojado el motocarro. El lunes cada vez se ponía mejor. 

Musa

Siempre he creído que necesitaba una mujer frágil para salvarla y me ayudara a creer en mi pero realmente necesitaba una mujer frágil para salvar y que me ayudara a salvarme a mi.

Vivía en un pequeño estudio. Había decidido que me daría de tiempo hasta que acabara con mi dinero para hacer una obra cultural ya sea en literatura, cine, escultura, música o pintura. Pero hasta el momento no había conseguido nada. Me había traslado a la ciudad, yo vivía en pueblo. Había alquilado el estudio donde vivía para intentar conseguir que alguna musa me encontrara y me bendijese con su iluminación. Hasta el momento nada de nada. Según mis cálculos tenía un mes más para sobrevivir con el dinero que me quedaba. Había asistido a algunas clases de creación literaria, de pintura y escultura. Me había comparado una cámara digital y un set completo para pintar. Sin embargo no había conseguido nada.

Todo había empezado una noche en que tuve un sueño o más bien una pesadilla donde moría. Al principio no le hice mucho caso, luego pensé que si algo me pasaba no dejaría nada en el mundo para que la gente me recordara. Así que pedí una excedencia en el trabajo de cinco meses por estrés. Me trasladé a la ciudad y me puse manos a la obra, nunca mejor dicho. Pero nada de nada. Cuando le conté a un par de amigos mi idea todos pensaron que era una crisis porque hacía poco había dejado a mi novia de toda de la vida. Nadie me creyó.

Como hacía todas las mañanas después de vestirme, bajé al bar donde desayunaba. Tomé mi chocolate con churros y volví al estudio. Estuve delante de un lienzo en blanco, con un carboncillo en la mano y sin hacer un misero garabato. Para comer me preparé un bote de albóndigas con guisantes. De postre tomé un flan de café. Leí un rato hasta que me quedé dormido, me pegué dos horas de siesta. Volví al lienzo, apenas dibujé la silueta de lo que yo pretendía que fuera una mujer pero que apenas era un dibujo informe. Abatido me di una ducha y salí a cenar. En la ciudad no tenía amigos había decido concentrarme en crear mi obra de arte. Salía a cenar de vez en cuando por ver si me inspiraba la gente o el ambiente de la ciudad, tomaba unas copas y volvía al estudio con apenas contacto con la gente. Fui a un turco me zampé un dorum mixto con patatas fritas y una cerveza. Después me acerqué a un pub irlandés que se encontraba a pocas calles de mi estudio. Tomé un par de guinness haber si me ayudaba a liberarme de mi bloqueo. Volví al estudio. A dos portales del mío había una chica sentada llorando. Me acerqué y le dije si estaba bien. Entre lloros me dijo que la vida era una mierda. El resto que me contó me resulto ininteligible porque los lloros habían subido de intensidad. Le dije que vivía en la siguiente puerta, si quería subir y tomar algo caliente, hacía frío y lo único que podía conseguir era un constipado. Dejándose llevar la cogí del brazo y la subí a mi estudio. Le hice un café. Le pedí  que contara lo que le pasaba más pausadamente. De repente se fijó en el lienzo y preguntó si era pintor. Yo azoradamente le conté mi misión. Sin pensárselo su desnudó y me dijo que sería mi modelo.

Había llegado mi musa…

 

Emboscada

Había algo así como un proverbio chino o a lo mejor era El Arte de la Guerra de Sun Tzu que decía que para ganar a un león hay que sacarlo de su territorio.

 

-¿Quién se creía que era ese niñato? Yo soy el dueño de la ciudad y a mi nadie me tose. – grita con una sonrisa en la boca.

-Señor, le ha dado una lección que no olvidará.

-Hay que dar más lecciones como la de ayer, los jóvenes cada vez me tienen menos respeto.

-Llamare a la banda. Les diré que se den un paseo y nos traigan a los más conflictivos.

 

No sabía lo que tenía que hacer pero sabía que la cosa no quedaría así. Le había pedido tiempo, le había pedido clemencia, había rogado, había suplicado pero todo había sido inútil. Le estaba ofreciendo un buen trato para ambas partes y en vez de acceder hizo que le pegaran una paliza para luego dejar en la calle a toda su familia. Necesitaba enseñarle que él no mandaba en esa ciudad, que los días de tiranía donde todo el mundo hacía lo que él decía habían acabado. Él no tenía dinero pero tenía amigos.

Esperó a que entrara la rubia para entrar. Sus curvas eran peligrosas que las de un circuito de formula uno. Los tres mecánicos del taller de reparación de automóviles así lo atestiguaban con sus miradas. La chica entró en la oficina del taller contoneándose. Entonces él sigilosamente se coló en el taller y se acuclilló detrás de un coche. Su objetivo estaba con el camino libre para salir sin problemas. Se colocó entre dos coches, miró a los mecánicos que seguían mirando a la chica. Nadie se había dado cuenta de que se había metido en el taller. Llegó al coche que quería llevarse. No estaba cerrado con llave. Tiró de la manilla y la puerta se abrió con un sordo ¡blop!.  Seguían sin darse cuenta. Estaba dentro del coche pero en el asiento del copiloto. Cerró la puerta con cuidado para que hiciera el menor ruido posible. Intentando levantarse lo mínimo pasó al asiento del conductor. Metió la llave. Antes de apretar el botón de encendido metió la primera. Giro ligeramente el volante y apretó el botón de encendido. Cuando el motor se encendió, se colocó erguido en el asiento y acelerando soltó el embrague. El coche salió a toda velocidad. Solo tuvo que  hacer un par de giros del volante para sortear el coche que tenía delante y estaba en la calle. Los mecánicos se sorprendieron pero cuando quisieron reaccionar el coche ya se había marchado.

continuará...

Barruntos

Hacía frío. El cielo estaba plomizo, con amenaza de lluvia. Una amplia gama de grises tintaba el cielo. La humedad hacía que el frío se calara en la ropa, en la piel hasta llegar a los huesos pero a mi me gustaba. Cogí el autobús para ir al barrio del puerto donde me encontraría con los otros. Para ser un sábado a las siete de la mañana había mucha gente. Algunos iban a trabajar otros volvían de juerga y los menos como yo no sabíamos exactamente a donde íbamos. En mi viaje a mi destino pude ver como la ciudad se despertaba. Algunos establecimientos ya estaban abriendo sobre todo bares, panaderías, pescaderías, quioscos de prensa y algún supermercado. La gente aún soñolienta recorría las calles buscando su destino. A mitad del trayecto comenzó a lloviznar. Mientras me recreaba observando el devenir de la ciudad ojeaba también un periódico gratuito que alguien había dejado en la parada del autobús. Nada nuevo en el firmamento de las noticias. El bus me dejó a dos calles del bar al que me dirigía. Parapetándome bajo balcones, salientes y el periódico llegué a mi destino apenas mojado. Al entrar el denso ambiente cálido me golpeo reconfortándome. Vaharadas de diversos olores me embelesaron café, cacao, pan tostado, aceite, tabaco… Desde la puerta miré por todo el local buscando alguno de mis secuaces pero no vi señal de ninguno. Me escurrí entre dos señores mayores que tomaban sendos carajillos, el brandy los anunciaban a distancia. Pedí un café con leche y busqué una mesa libre. Al fondo a la derecha pude encontrar una con cuatro taburetes vacía. A pesar de las horas el bar estaba lleno ya que la mayoría de los parroquianos eran trabajadores y acudían allí siempre para iniciar la jornada trabajaran o no. En un taburete dejé la trenca de paño y la bandolera. De la bandolera saqué el usado cuaderno  y un bolígrafo y los coloqué junto a la taza. Dí un trago del cálido brebaje que me terminó de quitar el frío que no había conseguido quitar el ambiente. Cogí el cuaderno de papel pautado en espiral y pasé páginas hasta encontrar el lugar donde me había quedado escribiendo. Tomé aire, miré en derredor por si alguien me observaba, “como si eso evitara que escribiera” pensé y comencé a garrapatear en el papel. Mi mente divagaba y no lograba centrarme en lo que quería contar. Después de dos páginas saqué reloj de bolsillo que siempre llevaba y miré la hora. Se retrasaban, pensé.

Oritum

Era la época de la penumbra. Era la época de sangra y acero. Era la época del embrujo.

 

A pesar de ser una pesada carga en muchas ocasiones algo en su interior le decía que en su momento cobraría vida. Era una espada de sangre, forjada con metal desconocido y poseedora de vida. Ahora se encontraba dormida pero un autentico guerrero podría devolverla a la vida. Estaba labrada con bellos dibujos de animales. Contaban que cuando estaba dormida podía pesar hasta un quintal y no cortar ni la mantequilla pero cuando un guerrero lograba hacerla suya se convertía en liviana como vilano del cardo y podía cortar hasta las piedras. Se había unido a un grupo de vendedores nómadas con la esperanza de encontrar alguien que le pudiera enseñar como despertarla. En tiempos antiguos se decía que fueron forjadas ocho para la guardia de la Reina Águeda. Él que llevaba muchos años viajando no conocía la existencia de ninguna más. Encontró la suya en lo alto de un árbol, en el bosque que había cerca de su casa. Él era bueno trepando a los árboles y un día que se había peleado con sus amigos, cuando tenía diez años,  se escondió en el corazón del bosque subiéndose a lo alto de un gran árbol. Allí la encontró colgando de una rama, metida en su funda de cuero, intacta. Cuando se la enseñó a sus padres, un leñador y una lechera, no le dieron la mayor importancia, Eso si le pusieron una condición para poder quedársela, no sacarla de casa hasta que fuera mayor de edad. Fue el clérigo del pueblo el que le contó cosas y le puso sobre el camino de lo que podía ser. En una ocasión que acompañó a su padre a la capital del valle, se acercó al maestro armero. Consultó El libro de los Blasones y le contó todo lo que hasta ahora sabe. Por un tiempo la tuvo olvidada. Cuando se hizo mayor de edad entró en la milicia del reino, quería vivir aventuras y ganar algo de dinero y ese era el modo más rápido de hacerlo. Después de licenciarse se incorporó a la milicia del valle de las Cárcavas. Allí le abrieron los ojos a otra realidad. Los milicianos se convertían en seres sedentarios y panchudos. Muchos de ellos se aprovechaban de su posición para incumplir la ley. Las aventuras que quisiera vivir tendrían que ser las que leyera en los libros. Tras cumplir con el sexenio obligatorio, se liberó de la milicia y retomo su interés por la espada de sangre. Se hizo mercenario al servicio de los mercantes nómadas y de paso buscó conocimiento sobre la espada por todo el país preguntando a clérigos, armeros, alquimistas incluso a nigromantes.

continuará...

Nocturama

Empecé la noche con la idea de asistir solamente a la fiesta de cumpleaños de un amigo y volver a casa a una hora razonable para un sábado. Al día siguiente tenía la idea de hacer senderismo durante un par de horas hasta que le bochorno me hiciese anhelar el agua fresca, entonces iría a la piscina comunitaria a ver las pavitas que se acercaban. El cumple se celebró en la casa de campo de su padre, en una pedanía cercana a la localidad donde vivíamos y donde yo también tenía casa. Solía ser zona de veraneo de toda la localidad. Hicimos carne a la brasa mientras veíamos un partido de futbol de un torneo veraniego. Bebimos cerveza. a mediante cena me llamo otro amigo diciéndome que había conseguido gratis unas entradas para ver a Loquillo. El concierto se celebraba en una población cercana, a solo diez minutos. Quedamos en que yo pasaría a por él una vez hubiera terminado la cena. Tras la cena cogí mi coche recogía  mi amigo y nos fuimos al concierto. Ya estaba empezado cuando llegamos, pero nos dio igual. Nos gustaba Loquillo pero no éramos incondicionales. Nos pedimos un cuba-litro de cerveza y vimos sin entrar en la marabunta de gente congregada el concierto. Cuando nos íbamos vi a un compañero del colegio que hacía tiempo que no lo veía y nos tomamos una cerveza mientras recordábamos viejos tiempos. No sé porque pensé que lo vería allí porque él si era muy fan. Tras el momento Cuéntame fui a llevar a mi amigo a su casa. Cuando llegábamos a la puerta de su casa recordé que un amigo común organizaba también su fiesta de cumpleaños y bienvenida al verano. Le propuse ir y el aceptó. Cada vez más se alejaba el senderismo sin mi. La fiesta se celebraba en una casa perdida en medio del término municipal de nuestra localidad. Era una casita a medio hacer sobre todo por fuera pero con una piscina impresionante. Como siempre haciendo la casa por el tejado. Pobre España. En la fiesta había una veintena de asistentes de los diferentes sexos. Intentamos intimar con unas chicas muy monas que se estaban bañando, cosa que no le gustó sus novios con lo que nos tocó salir corriendo sin despedirnos. Cuando acababa de dejar a mi amigo en su casa y me disponía a salir de la localidad para volver a la pedanía encontré en una terraza al resto de la primer cumple. Estaban tomándose la penúltima. Paré a saludarlos y terminé quedándome yo también a tomarla. Cuando nos despedíamos ya para volver cada uno a su olivo surgió otro plan. Comprar unos bocatas y comerlos en un mirador con unas vistas preciosas del valle donde nos encontrábamos, cosa que solíamos hacer de vez en cuando. Fuimos a una gasolinera cercana que tenía cafetería 24 horas. Y era el único sitio del contorno donde encontraríamos algo así abierto. Tras reírnos de la cara somnolienta del camarero que nos servía y recoger el pedido hicimos el camino de vuelta. El camino era sinuoso hasta el mirador pero lo hicimos a una velocidad considerable dado nuestra grado de alcohol y gracias a Dios no nos pasó nada. Tras tomarnos los bocatas, alabar el sitio y las vistas y tener un acceso general de risa por nada volvimos a casa. Unos antes y otros después. Yo llegaría el último desde el primer momento había despreciado el piloto que me marcaba la reserva de combustible. Nada más había recorrido una centena cuando el coche se paró, entre convulsiones características. Me maldije y al disponerme a llamar a alguno de mis amigos me dí cuenta de que también me había quedado sin batería en el móvil. Después de todo iba a hacer senderismo…

Suspiro

Tenia que darle marchamo de amenaza creíble. No tenia tiempo que perder, si la información que me habían dado era cierta debía ser contundente. Cuando me vieron entrar sabían que algo iba mal, o iba ponerse mal. El tipo con el que quería hablar estaba de espaldas a la puerta por donde yo entré. Se reía mientras hablaba con un lameculos. Cuando estaba llegando a su mesa se volvió, yo le di un golpe seco con la planta del pie en la base de la silla haciéndolo caer. Se revolvió  rápidamente con cara de mala leche. Antes de que pudiera reaccionar mostré la pistola con la que me hacia acompañar.

-Siéntate y pórtate bien y no tendré que sacarla a pasear.

-Lentamente se sentó, sin dejar de mirarme.

Yo me senté enfrente de él, al otro lado de la mesa. Oculté la pistola en mi regazo. El lameculos se había ido en cuanto lo hice caer.

-He escuchado algo por ahí, quiero que me lo confirmes.

-Si te refieres a lo de Alicia, si la tienen en el Olimpo. Va a ser el regalo de bienvenida para Roko cuando salga de la cárcel que será mañana.

- ¿Cuánta gente tiene ahí adentro?

- Además de los dos gorilas de la puerta, hay dos gorilas más en el bar dos gorilas, en el pasillo de arriba y uno en la habitación donde está ella que es la sala contable donde también estarán los administrativos.

-Pensaba que sería más difícil. Si solo es una niña.

-Hace ocho años cuando despareciste era una niña ahora tiene dieciocho años.

-Vamos.

-Te he dicho todo lo que necesitabas.

-Por eso, no quiero que avises a nadie.

Metí al fulano en el maletero atándolo de pies y manos y tapándole la boca con un pañuelo y una bola de papel. Aparqué a dos calles del puticlub. Hice una llamada. Fui directamente intentando hacerme pasar por un tímido cliente más. Los gorilas de la puerta no me vieron nada raro, ni siquiera me cachearon lo único que hicieron fue saludarme y abrirme la puerta. Me acodé a la barra mientras pedía una copa y miraba el percal de la clientela. Esperé a ver los movimientos de los empleados, además de esperar que alguna de las chicas se me acercara y me sirviera de excusa para pasar al interior. A los diez minutos una chica se me acercó, sobándome de inmediato. Tras unos minutos de mutuo contacto decidí proponerle ir a una habitación previo acuerdo de la tarifa. Me cogió del brazo y condujo hacia las habitaciones. Lo que había visto hasta ese instante era lo que me había contado el Gordo. Las habitaciones estaban perfectamente equipadas así que vez de atarla y amordazarla, le pedí que se duchara. Cuando entro en el cuarto de baño, le dejé unos billetes y me largué. Los dos gorilas del pasillo pululaban pasando Estuve ganando tiempo haciendo el borracho, zigzagueando y buscando algo por todos los bolsillos la puerta de salida estaba en medio del pasillo. Cuando se juntaron observándome extrajé la pistola que llevaba en los riñones aprisionada por el cinto del pantalón. Se quedaron un momento paralizados, pero enseguida uno de ellos dio un paso hacia la sala.

-Altos o alguien puede resultar herido. No voy a robar y no voy a hacer daño a nadie sino se interpone entre mi pistola y mi fin. Ahora quiero que os dirijáis a la puerta y paréis cuando estéis a un palmo. – Les indique el camino con un movimiento de la pistola.

Cuando llegaron frente a la puerta se detuvieron y me miraron. No me fiaba pero no podía hacer otra cosa.

-Bien ahora quiero que entréis de espalda, dejéis la puerta abierta de par en par y os quedéis en el centro de la habitación sin hacer un solo movimiento. Una advertencia, el gatillo es muy sensible.

Hicieron lo que les dije, los dos administrativos que se encontraban en el interior le preguntaron que ocurría ellos me obedecieron y no se movieron.  Me adentré en la boca del lobo con pocas esperanzas y muchos nervios. Cerré la puerta para no tener sorpresas por la espalda.

-Creo que aquí hay algo que no les pertenece. Se llama Alicia.

Uno de los administrativos me respondió, con enfado y sin miedo alguno.

-No sé de nos hablas.

-Y si te descerrajo un disparo me entenderás mejor.

El chico se quedó blanco y mudo. Mi cara de pocas bromas le convenció al instante. Instintivamente miró hacia una puerta que había a la derecha.

-Quiero que todos sigáis como hasta hora con las manos encima de la mesa y quieta. Tú vas a irte a esa pared y ponerte de cara a ella, con las manos arriba. Y tú  abre la puerta y haces lo mismo pero en esa pared.

Todos hicieron lo que les ordené. Cuando el gorila se pegó a la pared. Grité su nombre.

-Alicia, Alicia, sal soy Hugo. He venido a llevarte lejos de aquí.

 Salió la chiquilla que yo conocía, temblando de pies a cabeza. No le habían hecho daño por lo menos físico no se si sería igual en su interior.

-Ven nos largamos de aquí.

A paso lento se acercó a mi.

-Si nadie se excede de sus labores no le pasara nada. Un última petición.  Los de la pared lanzarme los pinganillos, los de la mesa los walkies. Ah y arrancar el cable del teléfono. Gracias por vuestra colaboración.

Abrí la puerta. No había nadie. Salí y me llevé en un puñado de cables los pinganillos, y el teléfono que deje en una esquina. Cerré la puerta. Cogí una de las cuñas que me había llevado y guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Atranqué la puerta. Llevé a Alicia cogida del brazo cuando entramos en el bar puse la mano con la pistola en su espalda semioculta a la gente, también ayudaba la penumbra ambiental. A dos metros de la puerta se me cruzaron los gorilas de la sala. Saqué de inmediato la pistola y eso los paró de inmediato. Moví la pistola de derecha a izquierda. Me interpretaron a la primera pues me dejaron paso. Salimos antes de que hubiera cualquier posibilidad de reacción. Tal como franqueamos la puerta volví a ocultar el arma en la espalda de Alicia que me dejaba conducirla como un ser examine. En la calle me esperaba el taxi que había pedido por teléfono. Nos habíamos alejado un par de pasos cuando la puerta se abrió violentamente. Tiré de Alicia para que se posicionara delante de mi. Pude ver como salían los gorilas. Metí a Alicia rápidamente en el taxi. Me giré completamente, mientras les apuntaba entré. Me hicieron el típico símbolo de amenaza de muerte es decir el pulgar rebanando el cuello pero ya era demasiado tarde tendrían que buscar otro regalo de bienvenida.