Un buen lunes
El lunes empezaba bien había programa nuevo de mi podcast favorito de series. Lo cargué en mi reproductor de mp3 y lo metí en la bandolera. Me puse la trenca de paño marrón, cogí la bandolera y salí a por “aventuras”. Me dirigí a mi “oficina”, la cafetería “El Arriero”. Me senté en mi mesa de siempre y me pedí el desayuno de siempre café y una tostada de atún con tomate. Mientras esperaba saqué el reproductor de mp3 y me puse a escuchar el podcast. Del interior de la bandolera también extraje mi usado y ajado edición de Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela. Busqué entre todas mi anotaciones por si tenía algo pendiente. Algo me había pasado con ese libro porque no podía dejarlo, además de leerlo lo utilizaba como cuaderno para anotar recomendaciones. En la tele estaban repitiendo un partido de baloncesto. Paré el podcast y me dediqué a ver el partido. Como no me visitaba nadie, cuando terminó el partido de baloncesto seguí oyendo el podcast. Anoté en el libro un par de series nuevas que habían recomendado. A media mañana vino uno de los habituales. Me dijo que tenía algo para mí. Una señora mayor vendía un sobrante de libros que no quería. Por unos doscientos euros nos vendería unos cuatrocientos libros de todo tipo de géneros y formatos. Le di la propina de rigor. Yo me dedicaba a comprar libros de segunda mano para venderlos luego en una librería que tenía en la zona vieja de la ciudad. Le pregunté si había podido echarle un vistazo a los libros, me dijo que no. Pero que teníamos que darnos prisa pues nuestro mayor contrincante también quería esos libros. Nos ganábamos bien la vida con este negocio, sin llegar a volvernos ricos. Me conocían en toda la ciudad y cuando alguien quería vender sus libros siempre acudían a mí. Yo intentaba ofrecer un precio justo pero a veces los precios se inflaban si aparecía alguien que pujara indiscriminadamente. Cogí mi motocarro, normalmente mis compras no eran muy voluminosas y con un pequeño motocarro me sobraba y me ayudaba además a la hora de circular por una gran ciudad como en la que vivía. Me dirigí a la librería, donde tenía el motocarro. Tenía una socia que se encargaba de la librería mientras yo me dedicaba de las compras, transporte y restauración de las adquisiciones. Desde el principio habíamos decidido diferenciar, una parte de la otra para evitar interferencias. Yo solía ir a la cafetería tres días por semana y el resto lo pasaba en la librería haciendo los trabajos de restauración y catalogación. Ella se dedicaba a colocarlos en la tienda. Se lo conté a mi socia y me dirigí a la trastienda donde teníamos alojado el motocarro. El lunes cada vez se ponía mejor.
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