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Ediciones de la Ceniza

Números

Empecé la disertación con la esperanza de llegar el tema a buen término. Les había entregado un sobre a los cuatro cuando llegaron. Era un número aleatorio, ese el nombre por el cual nos conoceríamos. Yo era el número veinticinco. Adrián era el treinta y dos. Iñigo tenía el tres. A Jerónimo le había tocado el setenta y cuatro. Y por último Lía se llamaba quince. Les expuse mis ideas sin ambages. Todos necesitábamos urgentemente dinero y no teníamos nada en el horizonte que nos pudiera sacar del atolladero. Todos éramos del gremio y sabíamos que si nos metíamos donde yo les proponía teníamos que  asumir las consecuencias. Todos asintieron. Veinticinco preguntó cuál era el plan. Había estudiado varias posibilidades y la que consideraba más factible era el secuestro. Tenía a la victima perfecta. Era el hijo del dueño de una de las inmobiliarias más importantes de la ciudad. Por un intangible había recibido cierta información verídica de que este tipo tenía en la caja fuerte de su casa cinco millones de euros. Y apenas si tenía algún de seguridad sobre su hijo. Viendo otros casos el problema de los secuestros por lo menos bajo mi punto de vista era el hecho de siempre que un rastro que seguir. La manera de recibir el rescate siempre conllevaba muchos problemas. Evidentemente no valía la pena siquiera en pensar en el pago mediante banca electrónica. El pago en efectivo era mejor si se sabía desaparecer rápidamente. Mi idea era encargar el secuestro a alguna banda de pringaillos con una mínima experiencia y sin fichar por la policía. De eso se tenía que encargar setenta y cuatro. Yo los abordaría y les pondría la zanahoria delante del hocico. Ya buscaría algún disfraz para que no me reconocieran. El plan lo confeccionaríamos nosotros enteramente. He intentaría que fuera tan perfecto que fuera irrechazable e irremplazable. El truco sería que cuando ellos recogieran el rescate nosotros intervendríamos interceptándolos y quitándoles el dinero. Luego desapareceríamos sin dejar pistas así ellos cargarían con el marrón. Y nadie sabría de nuestra intervención en el secuestro. Les daría una forma de escape pero intentando ser lo suficientemente convincentes para que no nos buscaran. Siguiendo ellos al dedillo nuestro plan y no fallando en nada creo que podría ser un buen negocio. Ahora solo había que solventar todos los detalles que hay asegurar al milímetro para que todo saliera rodado.

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