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Ediciones de la Ceniza

Suspiro

Tenia que darle marchamo de amenaza creíble. No tenia tiempo que perder, si la información que me habían dado era cierta debía ser contundente. Cuando me vieron entrar sabían que algo iba mal, o iba ponerse mal. El tipo con el que quería hablar estaba de espaldas a la puerta por donde yo entré. Se reía mientras hablaba con un lameculos. Cuando estaba llegando a su mesa se volvió, yo le di un golpe seco con la planta del pie en la base de la silla haciéndolo caer. Se revolvió  rápidamente con cara de mala leche. Antes de que pudiera reaccionar mostré la pistola con la que me hacia acompañar.

-Siéntate y pórtate bien y no tendré que sacarla a pasear.

-Lentamente se sentó, sin dejar de mirarme.

Yo me senté enfrente de él, al otro lado de la mesa. Oculté la pistola en mi regazo. El lameculos se había ido en cuanto lo hice caer.

-He escuchado algo por ahí, quiero que me lo confirmes.

-Si te refieres a lo de Alicia, si la tienen en el Olimpo. Va a ser el regalo de bienvenida para Roko cuando salga de la cárcel que será mañana.

- ¿Cuánta gente tiene ahí adentro?

- Además de los dos gorilas de la puerta, hay dos gorilas más en el bar dos gorilas, en el pasillo de arriba y uno en la habitación donde está ella que es la sala contable donde también estarán los administrativos.

-Pensaba que sería más difícil. Si solo es una niña.

-Hace ocho años cuando despareciste era una niña ahora tiene dieciocho años.

-Vamos.

-Te he dicho todo lo que necesitabas.

-Por eso, no quiero que avises a nadie.

Metí al fulano en el maletero atándolo de pies y manos y tapándole la boca con un pañuelo y una bola de papel. Aparqué a dos calles del puticlub. Hice una llamada. Fui directamente intentando hacerme pasar por un tímido cliente más. Los gorilas de la puerta no me vieron nada raro, ni siquiera me cachearon lo único que hicieron fue saludarme y abrirme la puerta. Me acodé a la barra mientras pedía una copa y miraba el percal de la clientela. Esperé a ver los movimientos de los empleados, además de esperar que alguna de las chicas se me acercara y me sirviera de excusa para pasar al interior. A los diez minutos una chica se me acercó, sobándome de inmediato. Tras unos minutos de mutuo contacto decidí proponerle ir a una habitación previo acuerdo de la tarifa. Me cogió del brazo y condujo hacia las habitaciones. Lo que había visto hasta ese instante era lo que me había contado el Gordo. Las habitaciones estaban perfectamente equipadas así que vez de atarla y amordazarla, le pedí que se duchara. Cuando entro en el cuarto de baño, le dejé unos billetes y me largué. Los dos gorilas del pasillo pululaban pasando Estuve ganando tiempo haciendo el borracho, zigzagueando y buscando algo por todos los bolsillos la puerta de salida estaba en medio del pasillo. Cuando se juntaron observándome extrajé la pistola que llevaba en los riñones aprisionada por el cinto del pantalón. Se quedaron un momento paralizados, pero enseguida uno de ellos dio un paso hacia la sala.

-Altos o alguien puede resultar herido. No voy a robar y no voy a hacer daño a nadie sino se interpone entre mi pistola y mi fin. Ahora quiero que os dirijáis a la puerta y paréis cuando estéis a un palmo. – Les indique el camino con un movimiento de la pistola.

Cuando llegaron frente a la puerta se detuvieron y me miraron. No me fiaba pero no podía hacer otra cosa.

-Bien ahora quiero que entréis de espalda, dejéis la puerta abierta de par en par y os quedéis en el centro de la habitación sin hacer un solo movimiento. Una advertencia, el gatillo es muy sensible.

Hicieron lo que les dije, los dos administrativos que se encontraban en el interior le preguntaron que ocurría ellos me obedecieron y no se movieron.  Me adentré en la boca del lobo con pocas esperanzas y muchos nervios. Cerré la puerta para no tener sorpresas por la espalda.

-Creo que aquí hay algo que no les pertenece. Se llama Alicia.

Uno de los administrativos me respondió, con enfado y sin miedo alguno.

-No sé de nos hablas.

-Y si te descerrajo un disparo me entenderás mejor.

El chico se quedó blanco y mudo. Mi cara de pocas bromas le convenció al instante. Instintivamente miró hacia una puerta que había a la derecha.

-Quiero que todos sigáis como hasta hora con las manos encima de la mesa y quieta. Tú vas a irte a esa pared y ponerte de cara a ella, con las manos arriba. Y tú  abre la puerta y haces lo mismo pero en esa pared.

Todos hicieron lo que les ordené. Cuando el gorila se pegó a la pared. Grité su nombre.

-Alicia, Alicia, sal soy Hugo. He venido a llevarte lejos de aquí.

 Salió la chiquilla que yo conocía, temblando de pies a cabeza. No le habían hecho daño por lo menos físico no se si sería igual en su interior.

-Ven nos largamos de aquí.

A paso lento se acercó a mi.

-Si nadie se excede de sus labores no le pasara nada. Un última petición.  Los de la pared lanzarme los pinganillos, los de la mesa los walkies. Ah y arrancar el cable del teléfono. Gracias por vuestra colaboración.

Abrí la puerta. No había nadie. Salí y me llevé en un puñado de cables los pinganillos, y el teléfono que deje en una esquina. Cerré la puerta. Cogí una de las cuñas que me había llevado y guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Atranqué la puerta. Llevé a Alicia cogida del brazo cuando entramos en el bar puse la mano con la pistola en su espalda semioculta a la gente, también ayudaba la penumbra ambiental. A dos metros de la puerta se me cruzaron los gorilas de la sala. Saqué de inmediato la pistola y eso los paró de inmediato. Moví la pistola de derecha a izquierda. Me interpretaron a la primera pues me dejaron paso. Salimos antes de que hubiera cualquier posibilidad de reacción. Tal como franqueamos la puerta volví a ocultar el arma en la espalda de Alicia que me dejaba conducirla como un ser examine. En la calle me esperaba el taxi que había pedido por teléfono. Nos habíamos alejado un par de pasos cuando la puerta se abrió violentamente. Tiré de Alicia para que se posicionara delante de mi. Pude ver como salían los gorilas. Metí a Alicia rápidamente en el taxi. Me giré completamente, mientras les apuntaba entré. Me hicieron el típico símbolo de amenaza de muerte es decir el pulgar rebanando el cuello pero ya era demasiado tarde tendrían que buscar otro regalo de bienvenida.

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