Incredulidad
El primer disparo me atonta, el segundo me sorprende.
Sentado en la mesa de la terraza nadie me parece amigable. Pido un café. Extraigo de la bandolera un usado libro. Descuidada y confiadamente lo leo. Observo atentamente, intentado que nadie se dé cuenta. A la media hora dejo el libro abierto y boca bajo en la mesa mientras doy un sorbo largo. Una chica de buen ver se sienta a dos mesas de distancia. Recojo el libro y continuo la lectura. Me sigo distrayendo con la lectura, a la vez que espío a todos y cada uno de los parroquianos. Solo hay dos mesas en las que no confío. Miro mi reloj de bolsillo. Con la hora me viene la decisión a adoptar. Leo unas frases mas, guardo el libro y emprendo el camino. Me siguen. Me persiguen. Sin embargo no conocen los cambios que se han producido en mi. Todo es una escaramuza perfectamente orquestada para que no pase de una mascarada sin consistencia. Soy un apátrida atrapado en una desventara guianizada. Si este es mi camino, prefiero conocer mi trayecto entero para saber si el viaje es adecuado o debo desistir en mi propósito. Los miedos de antaño se acabaron. Mi espera ya no es impaciente. La sorpresa que les espera es de dimensiones catastróficas. Lo que yo creía era debilidad tan solo era una fase de mi transformación. La estrategia no es huir, es esperar. Subo mis mangas y miro las heridas inexistentes. Que me sucedió, que hice para resurgir en alguien que no sabia que podía ser. El caminar es contumaz y despreocupado. No me lleva a ningún sitio y me lleva a una resolución. Cuando menos se lo esperan me giro. La callejuela es oscura. Les sorprendo pero no lo suficiente, enseguida hechan mano de sus armas y antes de que me de tiempo de decir hola han sonado cuatro detonaciones. Dos me impactan. Caigo al suelo. Cuando ríen, yo me levanto y el desconcierto hace que mi contrataque los sobrepase sin posibilidad de…
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