Participación
No puedo parar. Cuando debo hacerlo resulta que me hago hiperactivo. Imagino lo que mis amigos dirían si lo supieran; que soy raro. Tras una noche de viernes con una ingesta de alcohol no excesiva debo volver a mi casa a dormir y descansar. Guardo mi coche y cuando me dirijo a casa la hiperactividad me asalta. Miro el reloj de bolsillo, las dos. Queda una hora para empezar el partido de los Lakers y solo me espera la soledad de mi cuchitril. Esta lloviendo y hace frío pero me apetece dar un paseo por las calles desiertas. Me dejo llevar sin rumbo fijo, solo quiero que la lluvia humedezca la cara y me espabile. Me meto en un portal con la cancela abierta. Coloco la bandolera bajo el abrigo de paño de doble abotonadura. En seguida continúo mi camino sin itinerario. Poco a poco se va formando una idea en mi cabeza. Tras unos pasos más me digo ¿porque no? Saco el teléfono móvil que llevo en el bolsillo del pantalón. Me resguardo nuevamente esta vez bajo un balcón. Lo pongo en modo cámara fotográfica. Voy a hacer un reportaje sobre las calles que yo transito habitualmente. Siempre me han dado envidia esas fotos tan bonitas de Londres, Paris o Nueva York que inspiran historias ya vividas y otras por suceder. Porque yo no podría capturar alguna instantánea con esa calidad y esas posibilidades. Me sitúo en medio de la calle enfoco, miro en la pantalla y hago clic. Utilizando la mano libre como visera para que la pantalla no se moje miro el resultado. No esta mal. Ahora voy a probar con el filtro del blanco y negro. Repito la acción. Le da un barniz entre anacrónico e imperecedero. Debo hacer más, hay más lugares y mejores enfoques. Y sobretod0 hay que hacer más repeticiones para depurar la terminación. Prosigo durante diez minutos hasta darme cuenta de que el agua me calado la ropa y o vuelvo a casa o cogeré un resfriado. La próxima semana saldré con la cámara digital que me regalaron en reyes…
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