Oritum 4ª parte
Salí corriendo sin pensarlo con la espada de sangre en la mano. Les pregunté que buscaban. Me respondieron que tan solo querían algo que llevarse a la boca, luego nos dejarían en paz. Le dije al maese curtidor que sacara un par de jamones, cecina y embutidos de cerdo. Nunca había tenido empuñada la espada de sangre hasta ahora en un conflicto. No pesaba tanto como pensaba, es verdad que no era precisamente manejable. La espada que había acogido su mano era más liviana, estaba perfectamente equilibrada y su acero no parecía quebradizo como el de la espada de sangre. Como habíamos ensayado antes de iniciar este viaje, cuando tuviéramos un asedio cogerían las armas que habíamos adquirido antes de partir. Las mujeres y los niños se encerrarían en los carromatos. Pondrían el freno a los carromatos. Y rodearían los carromatos en posición de ataque. Tres de los más jóvenes que había adiestrado especialmente me cubrirían las espaldas. Luego intentaríamos atajar la escaramuza de la mejor forma posible. Que se pudiera evitar la lucha era la mejor victoria y siempre sería la primera opción. Aunque para ello tuviéramos que ceder en algo o en mucho, claro está que esa cesión no fuese desproporcionada. Se les dejó a medio camino entre ellos y nosotros la comida. Yo no creía que vendieran tan barata su rendición. Cuando tuvieron en su posesión la comida, sonrieron de forma maliciosa. El jefe de la banda continuó con sus peticiones ahora querían aquello que se lleva a la boca para comprobar su fiabilidad, oro. Querían las ganancias de la última aldea que por lo que habían visto habían sido considerables. Entonces yo le respondí, una cosa era dar de comer al hambriento aunque no lo mereciera pero otra muy diferente era el latrocinio. Nos daba una hora para decidirnos, yo acorté el tiempo. Les respondí que no accedíamos a sus pretensiones monetarias. Atacaron sin pensarlo, sin que el capitoste hiciera ninguna señal. Inutilicé al primero de un certero golpe. Pero mi objetivo principal era el jefe si lo apresaba podía acabar con la pelea. De un golpe aparté al siguiente que me atacó. Sorteé al tercero y antes de que se diera cuenta tenía al jefe bajo el yugo de mi espada. Grité con todas mis fuerzas. Si desistían y se marchaban su jefe no moriría y si continuaban todos conocerían el filo de la espalda de un ex miliciano del reino. Ante la verdad con que sonaban mis palabras y el hecho de que no habían podido menguar nuestro escaso destacamento a la orden de su capitoste dieron media vuelta y se marcharon. Cuando desaparecieron solté a su jefe.
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