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Ediciones de la Ceniza

Intrincado (corresponde al día 14/5/2013)

La reina Roberta estaba llevando al reino de manera impulsiva y caprichosa. Debía tener más  importancia a la hora de las decisiones. Me debían escuchar cuando menos. Hay día de hoy no solo no tenía voto sino que ni siquiera tenía voz en el consejo real. El padre de la reina me había nombrado su sustituto como comisionado del reino cuando el faltara. Tras su muerte hacía apenas unos menos había tomado posesión de su cargo. Sin embargo había quedado esquinado en todas las decisiones. Cansado le había dado un ultimátum a la reina para que me valorara como lo hacía su padre o me sustituyera. Sabía que su padre no daba puntada sin hilo, sabía que si me quería que lo sustituyera era porque valoraba mi valía. Así que decidió darme una oportunidad. Pero estaba claro que por mucho que yo pudiera influir en sus decisiones una niñata antojadiza como ella siempre podría cambiar en cualquier momento y echarlo todo a perder. El reino no estaba para tomar medidas arbitrarias sin un fin, tomadas sosegadamente recapacitando sobre cada paso. Debía posicionar más gente de mi confianza en puestos importantes para torpedear y manipular las decisiones por el bien del reino. Roberta reinará pero yo debo gobernar. Quedé con uno de los primeros hombres que intentaría infiltrar entre los acólitos de la reina. Era un viejo amigo en el que confiaba aunque no teníamos una relación muy continuada. Era monedero del castillo de Monteaguila ahora quería situarlo como uno de los tres secretarios del  monedero real. Acaban de cesar a uno de ellos por malversación de fondos. En breve podría haber cambios y quería tenar a alguien preparado para ver si lo podía colocar en uno de los puestos más importantes. Quedamos en una de las más infaustas tabernas. Fuimos vestidos con ropajes muy diferentes a los que llevábamos normalmente. Pedimos una mesa alejada de oídos curiosos. Me preguntó porque esas medidas para encontrarse. No di rodeos y trate el tema directamente. Sabía que además de un buen amigo era un buen patriota. Como la mayoría de habitantes del reino sabía de la inexperiencia, de las decisiones equivocas que estaba tomando la reina. De un modo u otro había que involucrarse aunque en el futuro seamos denostados por prácticas moralmente ilícitas. Le expliqué cuál era mi plan y como quería llevarlo a cabo. No sería un plan para llevarlo a cabo en un breve período de tiempo sino que sería una incursión lenta y progresiva.

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