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Ediciones de la Ceniza

Barruntos

Hacía frío. El cielo estaba plomizo, con amenaza de lluvia. Una amplia gama de grises tintaba el cielo. La humedad hacía que el frío se calara en la ropa, en la piel hasta llegar a los huesos pero a mi me gustaba. Cogí el autobús para ir al barrio del puerto donde me encontraría con los otros. Para ser un sábado a las siete de la mañana había mucha gente. Algunos iban a trabajar otros volvían de juerga y los menos como yo no sabíamos exactamente a donde íbamos. En mi viaje a mi destino pude ver como la ciudad se despertaba. Algunos establecimientos ya estaban abriendo sobre todo bares, panaderías, pescaderías, quioscos de prensa y algún supermercado. La gente aún soñolienta recorría las calles buscando su destino. A mitad del trayecto comenzó a lloviznar. Mientras me recreaba observando el devenir de la ciudad ojeaba también un periódico gratuito que alguien había dejado en la parada del autobús. Nada nuevo en el firmamento de las noticias. El bus me dejó a dos calles del bar al que me dirigía. Parapetándome bajo balcones, salientes y el periódico llegué a mi destino apenas mojado. Al entrar el denso ambiente cálido me golpeo reconfortándome. Vaharadas de diversos olores me embelesaron café, cacao, pan tostado, aceite, tabaco… Desde la puerta miré por todo el local buscando alguno de mis secuaces pero no vi señal de ninguno. Me escurrí entre dos señores mayores que tomaban sendos carajillos, el brandy los anunciaban a distancia. Pedí un café con leche y busqué una mesa libre. Al fondo a la derecha pude encontrar una con cuatro taburetes vacía. A pesar de las horas el bar estaba lleno ya que la mayoría de los parroquianos eran trabajadores y acudían allí siempre para iniciar la jornada trabajaran o no. En un taburete dejé la trenca de paño y la bandolera. De la bandolera saqué el usado cuaderno  y un bolígrafo y los coloqué junto a la taza. Dí un trago del cálido brebaje que me terminó de quitar el frío que no había conseguido quitar el ambiente. Cogí el cuaderno de papel pautado en espiral y pasé páginas hasta encontrar el lugar donde me había quedado escribiendo. Tomé aire, miré en derredor por si alguien me observaba, “como si eso evitara que escribiera” pensé y comencé a garrapatear en el papel. Mi mente divagaba y no lograba centrarme en lo que quería contar. Después de dos páginas saqué reloj de bolsillo que siempre llevaba y miré la hora. Se retrasaban, pensé.

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