Oritum 5ª parte
Recriminé al jefe de la caravana que no hubiesen oído mis advertencias de contratar a un mercenario más para protegerlos. Me contestó que hablaríamos en otro momento, cuando llegásemos a la siguiente aldea, ahora no quería pasar más tiempo allí. Sin más dilación subimos a los carromatos y partimos con celeridad. Esta vez monté en mi caballo, me quedé en la retaguardia para que no hubiera más sorpresas. Lo ideal hubiese sido contar por lo menos con un soldado por carromato. Si tenían o no querían gastarse ese dinero por lo menos necesitaríamos un par de mercenarios más. Los caminos se habían vuelto peligrosos con la inestabilidad en el gobierno de su majestad Olimpia. Después de un par de horas cuando pensaba que el peligro ya había pasado algo vino a mi mente de la escaramuza. La espada de sangre había cambiado durante la pelea, no sabía cómo definirlo. Parecía que se había vuelto más ligera, más poderosa, parecía que emitía algún tipo de calor, energía. A lo mejor el ritual del que me habló el herrero tan solo era entrar en guerra, que como su nombre indicaba oliese la sangre. No podía asesinar a nadie a sangre fría y no tenía intención de cortarme para alimentar a una espada. De momento esperaría antes de intentar nada, además entrábamos en una zona que siempre se había rumoreado estaba plagado de taumaturgos. Intentaría seguir buscando información, si cuando saliéramos de esta zona no había conseguido aclarar nada probaría otras cosas. El resto del camino transcurrió sin mayores sobresaltos. Hicimos solamente una parada para hacer la comida y ya no nos detuvimos hasta que al anochecer llegamos a la siguiente aldea que se encontraba en la ribera de un caudaloso rio. Acampamos en las afueras, en formación de círculo para estar más protegidos. Al llegar no había ningún establecimiento abierto así que hicimos una hoguera y preparamos la cena. Tampoco nos molestó nadie durante la noche. Al ser un municipio de cierta entidad fuimos a la alcaldía para pedir permiso e informar de nuestros negocios. No nos pusieron trabas, pero nos hicieron pagar una pequeña tasa por venta ambulante. Tras ayudar a montar los puestos di una vuelta para ver si encontraba alguien que me pudiera ayudar con la espada de sangre. Anduve preguntando a la gente que me encontré que me indicara donde podría localizar al herrero, a un alquimista o al armero del municipio. Primero visité al armero. Era un tipo con el cuello de un toro y también con su inteligencia. Ni siquiera gasté el trabajo de enseñarle la espada. Él me indicó donde podía encontrar al alquimista.
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