Interludio
Voy a contar mi historia ahora que observo como las nuevas tecnologías nos cercan con intenciones extinguicionistas. Mi estructura no está hecha de finas vitelas ni mis lomos están hechos de ricos tafiletes y aún así he decir que he recorrido algunas venturas dignas de reseñar quizás en un hermano ensayista. Mi primer propietario fue un voraz devorador de letras. No tenía miramientos a la hora de seleccionar la obra a leer. Ora libros de caballerías, ora novela negra, ora dramas, ora comedias, tal daba para este joven enamorado de la literatura. Solo tengo una queja de él le doblaba las puntas de mis hojas para señalar el punto donde se encontraba leyendo, ¡con los bonitos punto de lecturas que hay o que el podría crear con un poco de gusto! Solo pase por sus manos una vez, después me dejó en una caja de cartón junto con otros hermanos. Tenía estanterías y anaqueles poblando las paredes de su vivienda pero todas estaban atestadas de compañeros más importantes o antiguos que yo. Como estaba en buenas condiciones me utilizó como regalo de última hora para una amiga. La amiga intentó leerme en varias ocasiones pero aunque vi que a ella también le gustaban los de nuestra especie por lo visto lo que mis páginas contaban no era de su gusto. Terminó vendiéndome a una librería de viejo después de tres años estancia en su poder. Me compró una mujer en la treintena en un paquete que incluían ocho libros más. Por lo visto nos tenía preparada una misión más superficial, éramos simple atrezzo. Se había comprado un mueble rústico y había decidido que lo que mejor le iba y le daba mayor empaque eran unos libros usados. Tuve suerte, mi función es que me lean no ser un adorno, que con la mujer vivía su hija mucho más dispuesta a los quehaceres de la lectura. Ella no solo me leyó sino que me prestó a un amigo para que me leyera. Ahora estoy reposando en los anaqueles de este una vez leído esperando a ser devuelto y/o continuar mi periplo por otro camino.
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